Visité la casa del mayor coleccionista de videojuegos de Colombia y encontré muchas cosas formidables, una maravilla de símbolos y de momentos, de ideas sobre el videojuego, pero además, me permitió sacar conclusiones sobre el coleccionismo, sobre la venta de juegos y sobre el valor intelectual en contraposición al valor físico. Además, unas preguntas interesantes. Aquí se las formulo.
No hay mejor momento que ahora para vender videojuegos viejos; sin embargo, no hay peor momento para comprarlos. En un momento con Javier Pinto, del que se han hecho varias entrevistas, mostrando su sencillez y su personalidad nostálgica y apasionada por tener cosas importantes, para él y, claro, para su forma de trabajo, encontré una sección de Game Boy y se me ocurrió preguntarle por una Game Boy Advance con unos juegos en específico, que nunca alcancé a tener. Con ese sentimiento de nostalgia y de ahí en adelante, caí en cuenta: es imposible que tenga un aparato de estos con el precio que tiene ahora, porque conservarlo o adquirirlo fue demasiado complicado y, particularmente, desde la pandemia, los que se pueden considerar normies o casuals han decidido tener cosas que les permitan jugar de nuevo con una consola que tienen en el closet desde hace años. O querer revivir algo de un pasado nostálgico comprando una consola desde cero. Las cifras extraordinarias de precios que me comentó me fueron demoliendo a golpes, y las historias de compradores frenéticos, de esposas que les compran a sus maridos regalos exorbitantes, me demostraron que los videojuegos también ocurrieron a los que tienen mucho dinero por extrañas o normales condiciones.
Entonces, cuando el público mayoritario se interesó con tanto tiempo libre en el encierro de la pandemia, especialmente en Latinoamérica, porque también hay público en Chile, Perú y Ecuador por jugar los juegos viejos, estalló el coleccionismo, pero adicionalmente las consolas piratas retro. Es que, como me lo contó y como lo he sentido, el normie (o persona normal) ve con demasiada sofisticación los juegos modernos, así que se va directamente a lo que probó de niño, cuando estaba aprendiendo a jugar. Para luego, con un poco más de información, irse directo a lo moderno. O simplemente quedarse ahí, saldar una deuda, cerrar un capítulo con su niño interior.
Para entender dónde estamos hoy, en algún punto a principios de los dos mil, el mercado de coleccionistas empezó a generar mitos alrededor suyo para que pudieran recuperar la inversión de tiempo, dinero y de contactos. Es decir, crearse sobre ellos la idea de que una colección es valiosa porque es simplemente una colección, cuando antes era un nicho entre ellos, y el resto de los coleccionistas casi que se pusieron de acuerdo para competir y poner los precios entre sí, dependiendo de rarezas y basándose en los relativos booms que iban ocurriendo en los Estados Unidos, que es el mercado primario. Ya luego, cuando empezó el coleccionismo de consolas de menos de 8 bits para el gran público, estábamos empezando la era de PlayStation 3 y Xbox 360. El mercado se fortaleció paulatinamente hasta llegar a la pandemia donde explotó todo, hasta los precios de hoy en día. Es decir, de un nicho muy pequeño a un negocio que mueve ferias y millones. Un mercado que se fortaleció cuando las empresas de reventas de juegos se hundieron en el olvido.
Adicionalmente, el coleccionismo tiene unos matices: los juegos más costosos son los que nadie quiere jugar; en realidad son las excepciones de las reglas, tipo juegos de Barbie que salieron en un momento y se retiraron del mercado porque tenían un error o porque el producto que estaban licenciando nunca salió. Pero eso aplica también, por ejemplo, a un deseo que le pregunté: mi reciente fascinación por Dreamcast me llevó a preguntarle por una consola que ascendía al millón de pesos y por la que un juego costaría 250.000 pesos colombianos. Cumplir con la idea de tener todo el catálogo principal de Dreamcast me costaría más de 2 millones de pesos colombianos (450 dólares), es decir, ellos lo saben, han identificado con claridad qué se puede vender a precios medianamente razonables y a qué se le puede apuntar para que se ponga a subasta o en eBay hasta que se venda. Ellos saben qué se le puede vender a un fanático nostálgico, pero también saben lo que se le vende a un fanático de los videojuegos que quiere jugar por curiosidad. Los coleccionistas han logrado, a partir de años de trabajo, reconocer el mercado, crearse un sistema de ventas y saber poner un precio.
Hay literatura universal que vale un dólar o 5 mil pesos colombianos, de calidad y en buen estado, y ahí vino otra pregunta o deseo: ¿por qué no aplicar algo así a los videojuegos, por qué no hacer o tener el análisis de la misma forma? Entendiéndolo no como la gratuidad o la piratería, sino accediendo a partir de reediciones de consolas actuales a precios totalmente asequibles a juegos viejos importantes o a todo lo que queramos jugar. Las consolas retro, por su parte, deberían permitir reconocer autorías o derechos de autor, creadores, desarrolladores, productores y la propiedad intelectual que tanto importa para esta época y para el medio, y para que no se pierda en medio de las descargas masivas y la emulación el trabajo de tantos años de muchos estudios.
Pero además de la memoria histórica y de todas las preguntas, también me surgió meter en esa colección de juegos y de ideas el reconocimiento de que realmente se nos puede ir la vida jugando videojuegos, que hay muchas cosas por jugar y abarcar y que no hay tiempo de vida para hacerlo, y que ante ese problema sin solución no queda más que ir jugando de a pocos lo que más nazca hacerlo.
Que de la misma forma que concluí que esto de vender juegos así es un modo de vida y un trabajo muy válido y divertido, es también un modo el aceptar que la vida se nos puede ir jugando todo lo que nos interesa y ante eso, suspiré y me relajé, me tranquilicé ante la imposibilidad y la cantidad de videojuegos: yo juego lo que otros no jugarán, y otros jugarán lo que yo nunca voy a jugar. Es que mientras avanzaba entre esos corredores llenos de tantas cosas que me hubiera encantado tener, lo pensaba: ¿Quién va a jugar todo esto?
Gracias por leer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario