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viernes, 28 de noviembre de 2025

SOY COLOMBIANO Y JUGUÉ DESPELOTE.

 

Claro que me ha gustado Despelote porque, al igual que a todos los latinoamericanos, me ha pegado el recuerdo de un momento latino tan puntual, y sobre todo en videojuegos, con este nivel interactivo. El recuerdo del post y2k, de los inicios de los dos miles, pero sazonado alrededor del sentimiento típicamente latinoamericano. 

Me ha pegado también porque Quito es extremadamente parecida a Bogotá. Verla de esa forma artística es un logro en el medio, para exaltarse nostálgicamente y que otros lo sientan exaltado igual que uno. Pega en el corazón y en el sentimiento de hogar y jamás piensas que un videojuego te cuente tales cosas. 

Me ha pegado especialmente, porque también me gusta muchísimo el futbol de selección nacional, y entiendo ese sentimiento alegre, feliz, infantil sobre el heroísmo de las eliminatorias a un mundial en Sudamérica que son tan complicadas y luchadas. Como decimos aquí en Colombia, guerreada. 

Siento además y particularmente que el futbol y la historia relacionada con la selección de Ecuador es un mecanismo para lograr contarnos sobre la niñez de Julián Cordero, Juliancito. Su director o creador. 

Pero creo sobre todo que el juego no es sobre futbol; en realidad, es sobre el tiempo, tal vez sobre la niñez, pero sobre todo, sobre el barrio. Sobre las relaciones de vecinos, familia, amigos, tiendas, parques de cuadra, juegos, sí, pelota, futbol, columpios, ruido, edificios a la lejanía, suburbio, centro de ciudad latina, vendedores ambulantes. Todo eso que conforma el sentimiento nostálgico y familiar, donde todos te crían y te conocen desde pequeño, lo que es un barrio aquí, en Ecuador, en México, en Guatemala, en Chile. Una verdadera matriz familiar, que no nos digamos mentiras, puede algunas veces estar muy distorsionada.

Muchos de los europeos o norteamericanos que lo hayan jugado no lo habrían sentido igual, y no tengo por qué condicionarles la idea, pero es lo que más he destacado de este. La idea de que se extrapola perfectamente el sentimiento de salir a charlar jugando a la pelota, mientras que hace frío a las 5 y media de la tarde, después de hacer tareas o trabajos de la universidad, en esos entornos de Quito o en mi mente, en este caso, de Bogotá. Hay una melancolía latina puesta ahí que es innegable, más allá de escuchar las propagandas de Caracol Televisión con el antiguo narrador William Vinasco Che cantando exageradamente un partido de Ecuador-Colombia, al que siempre le empatábamos por esos años. Y eso se da por el poder inmersivo del videojuego. 

La extrapolación de sentimientos y atmósferas es mucho más clara aquí comparada con que alguien hubiera hecho un documental o una película del mismo tema. El videojuego supera con creces todas las exposiciones porque toca el inconsciente infantil a partir de la inmersión. Eso es más brillante con un juego hecho desde esta perspectiva, de local, pues. 

Sin embargo, Despelote utiliza el mecanismo del futbol para que también hablemos de algo profundamente latinoamericano y que le sale a flor de piel: la carencia y la escasez.

El aspecto visual me habla de algo muy común: el imaginario de fotocopias y el diseño de impresión en puntos de la litografía urbana de nuestros países, en contraste con las coloridas publicaciones de todo tipo en otras partes del planeta. 

A mí, en lo personal, me recuerda que yo no tenía pósteres; sacaba fotocopias de las imágenes mil veces repetidas de artbooks o afiches de los animes que nos llegaban a la televisión colombiana y que me encantaban profundamente en esos años. Las fotocopias y ese estilo visual me recuerdan además a la universidad, a la lectura de textos recomendada, dada, porque no había dinero suficiente para comprar los libros originales salidos de la librería. Era un rasgo común de todos los que fuimos estudiantes de clase económica media o baja anteriores a la revolución de pantallas e internet.  

Pero lamentablemente, también el juego me recuerda la escasez en el futbol, el hecho de que ambas selecciones, o en general nuestras selecciones andinas o caribes, centroamericanas, salvo Uruguay, Argentina o Brasil, no han conseguido casi absolutamente nada. La carencia de éxitos es dolorosa y triste, si me lo preguntan, ya que en Latinoamérica el futbol se convierte en religión para tantas personas. Incluyendo un fanatismo violento, pero también una esperanza por un futuro mejor que nunca se concreta.  


También hablo de la escasez en los recursos para hacer un juego de esta índole, porque se le nota o se le sale por los poros a despelote que no hay plata para hacer algo más complejo y con mejor jugabilidad y porque hay una idea potente, que logra muchísimas cosas, pero que se ve reducida ante las limitaciones técnicas, temporales, regionales y económicas. 

Un elemento que no me ha gustado de Despelote es el poder ser un gran y único juego de futbol de verdad y, al mismo tiempo, contar una historia. Cuando tiene un sistema tanto en el juego interno de la consola de Juliancito como en el sistema normal de exploración en el pateo de la pelota, que se ve muy limitado y que puede dar muchísimo más de sí mismo si se hubieran puesto unos cuantos partidos arcades en el loop jugable. Pero se entiende por qué no, porque la línea de la delimitación llevó a otras cosas y por qué se enfocaron en el resultado final. 

No hay uno o dos partidos de verdad con otros 21 jugadores de inteligencia artificial o 5 jugadores, mínimo, donde existieran faltas, goles, marcadores, reglas, con ese estilo gráfico. Lo que darían para que el juego sea más juego, más videojuego, menos experiencia inmersiva memorística en primera persona y que se permitiera decir algo más con mecánicas jugables particulares. Despelote te da esa impresión, que hay juego ahí, que se podría narrar una historia de niño jugando futbol en la calle o en la cancha con todas las reglas y connotaciones del futbol de barrio, pero en realidad no tanto. 

Finalmente, me ha permitido entender que esa línea, la de la carencia, la de no tener dinero, ni canchas, ni pelotas, ni consolas, ni reglas, ni oportunidades para convertirse en una estrella de futbol o acceder a películas, o el hecho de que nuestros barrios están en constante cambio para construir entornos anti personas. Es una línea transversal a la historia interna de cada habitante de Sudamérica. Un juego que me permite ver mi propia escasez en mi infancia. El hecho de no tener dinero ni hasta para un dulce. Ahí Juliancito y yo nos parecemos en algo.

Y claro, en el hecho de que a cada paso de un niño siempre había cantaleta de un adulto. De igual forma, tambien queda en evidencia que la violencia y la tranquilidad de ambos paises parace nunca pasar de moda. 

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